un cierto juchitán para graciela iturbide

Mario Bellatin*


Los sueños más intensos y claros son los que ocurren cuando la persona duerme de día. Después de haber pasado la noche profundamente dormido, tal vez se necesite del día para igualmente dormir, no para recuperar energías sino exclusivamente para soñar.

El último de los sueños se refiere a una llamada telefónica urgente efectuada por larga distancia al analista, pues la paciente se siente mal de ánimo. Se trata de una depresión que repercute en lo físico, causando malestares en el cuerpo, especialmente en las articulaciones y en el pecho. A pesar de que la paciente trabaja con denodado afán —ha conseguido imágenes difíciles de describir con precisión—, hay un momento de conciencia y lucidez donde le es posible discernir entre el sujeto que sueña y el sujeto que es soñado. Compara los dos momentos y se comprueba que el sujeto que sueña no pasa por ningún periodo de malestar, al contrario, la constatación le sirve para reafirmarse en ese estado de supuesto bienestar que la realidad no le puede otorgar.

Hay otro instante donde el sujeto soñado, que se trata de una fotógrafa, obtiene una imagen a la que le descubren ciertas fallas en los bordes. La fotógrafa se encuentra en una casa rural situada en un país indeterminado. Puede ser méxico, en ese caso la casa quedaría situada en las inmediaciones de una carretera que conduce al mar. Se trata de una casa grande, con las paredes pintadas en tonos rojizos. Esos colores le hacen pensar que quizá pueda tratarse de juchitán. Existen diversos pabellones, uno de ellos es el lugar donde se encuentra en ese momento la fotógrafa, quien ensaya algunas tomas —hace el simulacro de fotografiar pero no acciona en ningún momento el obturador—en compañía de unas jóvenes. Las hijas de la casa, las califica. Realizando uno de esos simulacros descubre, lo ha intuido mientras miraba a través del visor de la cámara, que tanto el señor como la señora de la casa practican un oficio determinado. Ambos son peritos en cierto asunto. Esa igualdad de funciones no se muestra de manera evidente. Se supone que se revela sólo si se mira a través del visor, si se observa por la mirilla, siempre y cuando no se tenga la menor intención de efectuar ningún disparo. Se descubrirán entonces pequeños detalles, movimientos sutiles y decisivos, que únicamente mostrarán su real dimensión cuando las acciones que se aprecien a través de la lente queden congeladas en la memoria. Las niñas se lo hacen notar a la fotógrafa, pero ésta, si bien sabe desde siempre que atisbando por el visor es como se descubren las verdades ocultas, nunca le ha dado a este ejercicio una importancia mayor. Sin embargo, por tratarse de estas niñas quienes le dan el consejo, ejercita esta práctica y advierte que si, por ejemplo, deja un tiempo prudencial entre mirada y mirada, la imagen representada gana una fuerza que difícilmente puede conseguirse de otra manera.

La idea que se le ocurre a la fotógrafa para apreciar el efecto que puede producir tomar fotos sin necesidad del obturador, es la de mostrar a la señora de la casa en medio de una tarea habitual. La visualiza sentada y desnuda sobre un excusado mientras se arroja a sí misma un chorro de agua sobre la cabeza. Se está bañando. La fotógrafa mira la escena a pesar de que ésta no se produce, sin embargo descubre, con la ayuda de las niñas, que mejor sería mostrar a la madre frente a una lavadora automática de reciente adquisición. La fotógrafa advierte entonces que aquél puede ser el detonante del toque hindú que tanto ha buscado para su trabajo. Aparte de este cambio —de mostrar la lavadora en lugar de la mujer sentada—, la fotógrafa quisiera hacer algunos arreglos menores una vez obtenida la supuesta estampa, en la parte gramatical de las imágenes principalmente. Se lo dice a las niñas, y ellas llevan entonces la foto imaginaria a otra sección de la casa. Al pabellón donde habita, junto a un pájaro que no vuela, un joven nuevo en el poblado. Al verlas llegar, este joven explica que está estudiando una especie de ave desconocida, la que tiene al lado en ese momento. La fotógrafa admira el pájaro y nota que el muchacho lo toca, lo levanta y busca algo debajo de sus alas. La fotógrafa se acerca a mirar con mayor detenimiento, y advierte que el pájaro tiene plumas celestes y blancas. Se trata de un ave de cuerpo voluminoso. El pico es rosa pero en la punta llega casi al rojo. Sólo en ese momento —mirando la transformación de los tonos del pico—la fotógrafa sabe a ciencia cierta que se encuentra en juchitán. Mientras el ave se mueve, el joven dice que se trata del pájaro que guarda sus huevos debajo del ala. La que los empolla mientras camina. Cuando el joven habla, el ave se refugia en una esquina del pabellón, que le sirve de guarida. El joven continúa relatando que a pesar de ser un ave única, los investigadores no le hacen el menor caso. Es más, ni siquiera los comerciantes la ofrecen nunca en venta. Finalmente dice que su mayor desgracia no es llevar los huevos bajo las alas, sino la presencia de dientes en el pico. Les crecen en forma constante, y les causan graves sufrimientos cuando surgen las caries que siempre los terminan por atacar. Padecen tanto, que en esos momentos incluso puede sobrevenir de súbito la muerte. El investigador reflexiona y comenta que debería haber personas que se preocuparan por los dientes de estas aves. Acto seguido le pregunta a la fotógrafa por su cámara. Menciona que no sería mala idea tener una imagen de aquellas piezas dentales. Parece desear someter al pájaro a una suerte de sesión de radiografía.

La cámara ha quedado olvidada en el otro pabellón. Fue dejada allí, sobre una pequeña mesa de madera, luego de los ejercicios que efectuó la fotógrafa al limitarse a mirar a través del lente sin accionar el disparador. Ante la pregunta del joven, la fotógrafa hace un cuadrado con los dedos de ambas manos y se los coloca delante de los ojos. Le dice a las niñas que de esa forma también es posible descubrir realidades ocultas. En ese momento ve, entre otras cosas, que a pesar de las apariencias —es algo penoso ver los grandes dientes sobresaliendo del pico y las alas engordadas por la oculta presencia de los huevos—el ave es feliz. Los dientes son una suerte de regulador de edad, afirma. Cuando caen por completo o cuando se vuelven inservibles, con sus puntas romas o resquebrajadas, esos pájaros saben que es el momento de abandonar el mundo. La fotógrafa aprieta con mayor fuerza los dedos contra su rostro. Hace un cuadrado aún más estricto con sus manos y así logra ver que esas aves acostumbran nadar por los alrededores de puertos desconocidos. Sucios y congestionados. Suele haber entre los muelles cierta cantidad de barcas de pesca que a una hora determinada se hacen todas a mar abierto.

Anochece pronto. La fotógrafa advierte que ya no podrá hacer ninguna imagen. Ni siquiera recreando un visor con las manos va a ser capaz de aprehender algo. Recuerda que antes de visitar el pabellón donde habita el joven, las niñas llevaron la foto imaginaria a la señora de la casa. Desde entonces la madre ha estado tratando de retocarla, sobre todo las fallas de los bordes. Cuenta con pinturas de colores pastel. La foto está extendida sobre una mesa. La fotógrafa sabe que esa mujer es perito como su esposo. Deposita en ella toda su confianza. Sabe además que ella sí puede admirar una foto que nunca ha sido tomada. Sin embargo, a pesar de la seguridad que le inspira, la fotógrafa se avergüenza. No le parece justo que precisamente el personaje retratado haga el trabajo de restauración de su propia imagen. Siente algo similar a lo que posiblemente experimentan las personas que duermen de día solamente para poner en funcionamiento el universo de los sueños. Entiende entonces por qué su necesidad de llamar, utilizando la larga distancia, a su analista. Seguramente quiere preguntarle por la naturaleza de la foto que tomó sin tomar. Las razones por las que la depresión la ataca en el mundo real y no en el que está segura que crea. Quizá necesita saber si la imagen que aparece es la de la mujer bañándose sentada sobre un excusado, o si el personaje se encuentra de pie frente a una lavadora de reciente adquisición. Ya no quiere, bajo ninguna circunstancia, que aparezca la lavadora. Sabe que lo hindú debe hallarlo de otra manera.

La fotógrafa se asoma en ese instante por la ventana del pabellón y pide que no retoquen la foto. Camina luego por un terreno al aire libre, que existe en mitad de la casa, y llega al otro pabellón, donde encuentra a la madre frente a una vetusta máquina de escribir. La fotógrafa no entiende cómo con un aparato semejante se puede recomponer una foto imaginaria. Sin embargo, la señora de la casa ha pasado ya en limpio las secciones corregidas de la imagen, pero a pesar del trabajo —en apariencia minucioso—no se trata de una copia impecable. No hay mucho sentido de la diagramación. Al notar su sorpresa, la señora le dice que no ha sido tanto trabajo como para que se preocupe, y que eso que ve como error es en realidad una virtud. La fotógrafa levanta la imagen con sus manos, la mira con detenimiento y descubre al trasluz, debajo de la figura de la mujer sentada y mojada por el chorro de agua —constata con alivio que no aparece el personaje frente a la lavadora—, la silueta de un daguerrotipo que da la impresión de haber sido hecho por niepce.

“En realidad, eso que está usted viendo debajo, como una suerte de palimpsesto, son dibujos escolares, hechos por las niñas de la casa”, le dice la señora. La fotógrafa no sabe si creerle o no. Desconoce la relación que puede existir entre un daguerrotipo aparecido bajo una foto imaginaria y un dibujo infantil. Ve algunos colores. Muy parecidos a las plumas celestes y blancas del ave que está siendo estudiada por el joven en el otro pabellón de la casa. Coloca la foto de pie contra la pared, junto a la cual está puesta la mesa donde la madre trabaja. La señora de la casa ya no habla. Parece preferir mantener en el misterio si la aparición del daguerrotipo o los dibujos fue producida adrede o por casualidad. La fotógrafa descubre entonces que la mujer de la casa se trata de una persona simple. A pesar de haber pronunciado la palabra palimpsesto con corrección. Pero esa imagen desaparece al instante y se convierte para la fotógrafa en una atractiva mujer de la india, que luce un mechón de canas en medio de la cabellera. La fotógrafa, quien no ha necesitado visor alguno para descubrir lo oculto de la realidad, piensa en las niñas de la casa, que también son bellas pero no comparten con su madre la fuerza de carácter que esa mujer muestra en ese momento. La señora de la casa rompe el silencio y dice, quizá para salir del tema de la aparición del palimpsesto, que está muy preocupada porque ha recibido cien dólares falsos. Ha preferido no tenerlos ella y se los ha entregado a su marido para que se los guarde. El problema está en que si le descubren los dólares al esposo, ella cargará con la culpa. Dice también que ha recibido esos dólares para poder pagarse un taxi de vez en cuando. Afirma que moriría si no se moviliza en esa clase de vehículo —uno de esos accionados por medio de pedales—. Se sentiría tal vez, lo dice, como una de esas aves que mientras caminan empollan sus huevos debajo del ala. Mientras tanto, la foto poco a poco se va haciendo real. Aparece el excusado, el cuerpo desnudo de la mujer sentada y el instante preciso en que el agua cae sin control aparente.


  • Mario Bellatin. Obra reunida, vol. 2. ℹ️

Publicado por Paulo Fehlauer

Escritor & fotógrafo & artista visual, mestrando em estudos literários na Universidade Federal de São Paulo.

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